Mientras cerramos la nueva edición de nuestra revista trimestral Instal@ficiencia, rescatamos esta editorial de junio: un cuento muy real que los instaladores padecen con tanta frecuencia...
“Lo barato enfría caro”
Érase una vez un edificio de oficinas en Madrid, moderno por fuera, chapuza por dentro. Su propietario, Don Perfecto Ahorros, quería climatización de última generación, ahorro energético top… y presupuesto de mercadillo.
- Pidió tres ofertas: eligió la más barata, por supuesto.
- El instalador no tenía registro, pero “controlaba”.
- Instaló la bomba de calor como quien cuelga un cuadro: sin cálculo, sin planos y con cinta americana.
El técnico municipal vino meses después: “Esto no cumple el RITE”. Don Perfecto se indignó. ¿Normas? Ya estamos con lo mismo ¿Para qué? “Si funciona, funciona”. El problema vino cuando la máquina murió en agosto, el mantenimiento brillaba por su ausencia y la factura eléctrica parecía la hipoteca.
¿La reacción?
- Culpó a la tecnología: “Esto de las bombas de calor es un invento que no está maduro.”
- Al fabricante: “Seguro que la marca ya sabía que esto fallaba.”
- Al clima: “Con estos calores, no hay máquina que aguante.”
- Y, por supuesto, al instalador: “Ese técnico me la jugó… otro chapuza.”
Nunca a su propia decisión de ahorrar donde no debía.
Esta historia es tan ficticia como habitual. Somos creativos para saltarnos normas, falsificar certificados y hablar de refrigerantes como si fuéramos ingenieros de la NASA. Pero aún nos cuesta entender que una instalación no es un electrodoméstico y que la calidad, el cumplimiento y el mantenimiento no son un gasto: son una inversión.
Quizá el día que tratemos nuestras instalaciones como tratamos a nuestros coches, empiece la verdadera eficiencia.
